Una historia real sobre por qué un «conector» (MCP) de inteligencia artificial funciona mejor instalado en tu ordenador que a través de un enlace (URL).
Contada para que la entienda tu madre, tu socio y tú.
Índice
Antes de nada: ¿qué narices es un «conector»?
Vamos a empezar por el principio, pequeño saltamontes.
La inteligencia artificial, ella sola, sabe hablar.
Y poco más.
Es como un becario brillantísimo encerrado en una habitación sin ventanas: piensa de maravilla, pero no puede tocar nada del mundo real.
Un conector es el cable que le abre una ventana.
Le da manos.
Le da superpoderes concretos.
Con un conector, la IA deja de «opinar» y empieza a hacer: buscar una ley de verdad, comprobar si una sentencia existe, entrar en una base de datos oficial.
En mi caso, me monté un conector para mi trabajo: buscar y verificar jurisprudencia laboral.
Que compruebe si una sentencia del Supremo dice lo que yo creo que dice.
Que no me invente ni una coma.
Oro puro para un abogado.
Hasta aquí, fácil.
Ahora viene lo interesante.
Las dos formas de tener un ayudante: en casa o por teléfono
Un conector se puede «instalar» de dos maneras.
Y esta es LA decisión que lo cambia todo.
Te lo explico con una imagen y no la vas a olvidar.
Opción A — En local. El ayudante vive en tu despacho. Está ahí, contigo. Ve tus carpetas.
Coge un documento de tu mesa, lo lee, y te deja el resultado encima de la mesa, en papel, para que lo cojas con la mano.
Opción B — Por URL (un enlace). El ayudante trabaja desde un almacén lejano, por teléfono. Tú le llamas, le preguntas, y él te contesta rapidísimo.
Muy cómodo: no tienes que instalar nada, solo pegas un enlace y ya está.
Pero ojo.
Ese ayudante no está en tu despacho.
Está a kilómetros.
No ve tus papeles.
Y cuando termina un trabajo… lo guarda en SU almacén, no en tu mesa.
¿Ves ya por dónde van los tiros?
Cuando empecé, pensé lo lógico: «el enlace es más cómodo, tiro por ahí».
Y ahí empezó el j0dido lío.
Lo que yo estaba montando (y por qué)
Un poco de contexto, que si no, no se entiende la aventura.
Yo quería una herramienta MÍA.
Hecha a mi medida, para mi forma de trabajar.
Privada.
Con mi propio archivo de más de 3.000 sentencias dentro.
Conectada al BOE, a Hacienda, a la justicia europea y al CENDOJ.
Que no dependiera de nadie.
Que no me inventara ni una coma.
Y que fuera solo mía, bajo mi control.
Así que me remangué y me la construí.
Con mucha ayuda de la IA, claro, que para eso está.
La llamé Conector JMAI.
Y me la instalé de las dos formas para probar: en mi Mac de casa (en local) y en un servidor por un enlace (por URL), para poder usarla también desde la oficina sin instalar nada.
Todo parecía perfecto.
Hasta que llegó un caso real.
La oficina, un caso real y el papel que se esfumó
Estoy en la oficina.
Caso de un cliente contra una empresa grande: un tema de excedencia.
Necesito sentencias de tribunales que hayan tratado eso mismo.
Le pido al conector (el de la URL, el del «almacén lejano») que me busque jurisprudencia.
Y funciona de maravilla.
Encuentra seis sentencias que encajan como un guante, me da los datos, me señala los párrafos buenos.
Perfecto, ¿no?
Ahora solo quiero una cosa: el texto completo de esas seis sentencias, guardado en el ordenador de mi despacho, para trabajarlas.
Y ahí… ¡Fwizzbang!
El caos.
Le digo que me las guarde.
Me responde tan tranquilo: «guardado».
Voy a buscar los archivos a mi ordenador y… no están.
No aparecen por ningún lado.
¿Dónde estaban?
Fáciles: en la taquilla privada del almacén lejano.
El ayudante había hecho su trabajo y había dejado los papeles en su casa, a kilómetros de la mía.
Yo, desde mi despacho, no podía abrir esa taquilla ni con dinamita.
Los papeles existían.
Pero no eran míos.
No los tenía en la mano.
Y aquí es donde la cosa se pone interesante de verdad.
Los dos captchas (aquí está la madre del cordero)
Como no había forma de sacar los papeles de la taquilla, tocó plan B: ir a por el PDF oficial directamente en la página del Poder Judicial, con el navegador.
Y ¡PLAM! Un captcha.
Ese cartelito de «demuestra que no eres un robot».
Aquí mucha gente se hace un lío enorme.
Porque justo antes yo había dicho «pero si el conector puede con los captchas del buscador…».
Y entonces, ¿por qué se atasca ahora?
Presta atención, que esto es lo que te quería aclarar.
Había dos captchas distintos.
Dos puertas diferentes.
Puerta número 1: el captcha de la BÚSQUEDA.
Este lo pasa un robot que trabaja para mí en la sombra, en una plataforma de robots en la nube llamada Apify.
Es MI robot, con mi cuenta, y resuelve él solito ese captcha para poder buscar.
Por eso la búsqueda funcionó.
Esta puerta se abrió sin problema.
Puerta número 2: el captcha de la DESCARGA del PDF.
Es OTRO control, distinto, que la página del Poder Judicial pone cuando intentas descargar el documento sellado.
Se llama, literalmente, «Control de descargas masivas».
Y salta precisamente para frenar a las máquinas.
Dos puertas.
Una la abrió mi robot.
La otra… no la puede abrir nadie de mi bando.
Y ahora te explico por qué.
Por qué el ayudante NO podía con el captcha
Aquí va la parte que a mí me costó entender, y cuando la pillé, dije «aaaah, claro».
Cuando el trabajo se fue al navegador, quien tenía que cruzar esa segunda puerta ya no era mi robot de la sombra.
Era el propio asistente de inteligencia artificial.
Y a la IA le está PROHIBIDO resolver captchas.
Cualquiera.
Punto.
No es que no sepa.
Es que no le dejan.
Es una línea roja que tienen puesta de fábrica: una IA no puede ir por ahí saltándose los «demuestra que eres humano», porque esos controles existen precisamente para distinguir a un humano de una máquina.
Y da igual que tu intención sea legítima, como era la mía.
La norma no se mueve.
Así que el asistente hizo lo correcto: no se saltó el captcha.
Me pidió a mí que escribiera yo el código de la imagen, una sola vez.
Lo hice, se desbloqueó, y pudimos terminar.
Todo bien.
Pero yo me quedé con la mosca detrás de la oreja: ¿por qué he tenido que llegar hasta aquí?
La luz: en local no pasaba nada de esto
Y entonces cayó la ficha.
Yo había llegado a ese captcha prohibido solo porque estaba usando el conector por URL, el del almacén lejano.
Repasemos la cadena, que es preciosa:
El almacén lejano no ve mi mesa.
Por eso los papeles se quedaron en su taquilla, fuera de mi alcance.
Por eso tuvimos que ir al plan B: descargar el PDF a mano por el navegador.
Y el plan B es JUSTO el camino donde vive ese segundo captcha que la IA no puede tocar.
¿Y si el ayudante hubiera estado en mi despacho, en local?
Pues nada de esto.
Cero.
En local, mi robot de la sombra resuelve el captcha de la búsqueda (como siempre) y me deja el texto directamente sobre la mesa, en mi ordenador.
No hace falta descargar ningún PDF a mano.
No hay navegador.
Y por lo tanto no aparece nunca el segundo captcha.
Toda la pelea del captcha imposible… no era culpa del captcha.
Era culpa de haber elegido el enlace en vez de tener al ayudante en casa.
Ya sabrás, y si no lo sabes te lo cuento ahora: lo cómodo de instalar no siempre es lo mejor de usar.
Cómo hemos mejorado el «almacén» para que se parezca a tenerlo en casa
Ahora bien.
El conector por URL sigue siendo útil (para consultas rápidas desde cualquier ordenador es una maravilla).
Así que no lo tiré.
Lo mejoré.
La pregunta era: ¿puedo hacer que el ayudante del almacén lejano se parezca lo máximo posible al que tengo en casa?
Casi del todo, sí.
Hicimos tres cosas:
Una. Le llevamos una copia de mi biblioteca al almacén.
Antes, el ayudante de la URL no podía buscar «por lo que dice» una sentencia, porque el texto de mi archivo vivía en mi casa.
Le subimos una copia.
Ahora también busca dentro del texto desde el enlace.
Dos. Ahora te lee el documento en voz alta por teléfono.
Como los papeles se quedan en su taquilla, hicimos que, cuando trabajas por URL, el ayudante te dicte el texto completo de la sentencia en la propia respuesta.
Así tú (o tu IA) lo guardas donde quieras: en tu Google Drive, en tu disco… desde cualquier ordenador.
El documento ya no se queda encerrado.
Tres. Ahora te avisa.
Si guardas algo por la URL, te dice claramente: «ojo, esto se ha quedado en mi almacén, no en tu mesa».
Se acabó el «guardado» fantasma que me volvió loco en la oficina.
Con esto, por URL ya tienes casi todo.
Casi.
Porque queda una sola cosa que un ayudante en un almacén lejano NUNCA podrá hacer: entrar en tu despacho a leer un documento que tienes en tu disco.
Eso es física, no informática.
Si el ayudante no está físicamente en tu ordenador, no ve tus archivos.
Y punto.
Mi consejo: clona, no enlaces
Así que aquí va la moraleja, cristalina, para que no cometas mi error:
En el ordenador donde de verdad trabajas, ten el ayudante EN CASA.
En local.
¿Y cómo llevas ese ayudante a otro ordenador sin volverte loco?
No copiando enlaces.
Clonando.
Pero para clonar algo hace falta que exista una copia guardada en algún sitio.
Y aquí entra la palabra que te va a sonar a chino: GitHub.
Tranquil@, que te lo explico como si no hubieras oído la palabra «código» en tu vida.
Porque muchos de los que me leéis no tenéis por qué saber esto.
Y no pasa nada.
¿Qué es un repositorio (o «repo»)?
Imagina una carpeta muy especial donde vive tu ayudante entero: todas sus piezas, sus instrucciones, su código.
Esa carpeta es un repositorio.
El sitio donde está guardado tu conector, empaquetado y listo.
¿Y qué es GitHub?
Es como una caja fuerte en la nube donde se guardan esas carpetas.
Una especie de Google Drive, pero para programas.
Gratis, seguro y usado por medio planeta.
Subes ahí tu repositorio y se queda a salvo.
Ahora la idea que quiero que se te grabe a fuego:
Tu conector puede vivir en dos sitios a la vez, y no solo no pasa nada, sino que es justo lo que hay que hacer.
Uno: instalado y funcionando en tu ordenador, en local, que es donde lo usas cada día.
Y dos: con una copia de seguridad guardada en un repositorio privado de GitHub, por si acaso.
¿Por si acaso qué?
Por si la vida pasa.
Se te muere el disco duro.
Cambias de ordenador.
Se te estropea el portátil la víspera de un juicio.
Un café mal puesto encima del teclado.
Si tu ayudante solo vivía en esa máquina, lo has perdido.
Meses de trabajo, a la basura.
Pero si tenías la copia en GitHub, no pasa nada de nada.
Le dices a tu asistente «clona mi repositorio e instálalo aquí», y en cinco minutos tienes el ayudante otra vez en pie, idéntico, en el ordenador nuevo.
Como si no hubiera pasado.
Eso es clonar: traerte la copia desde GitHub a la máquina que quieras.
¡Zworplop!
Ayudante recuperado.
Por eso mi recomendación, y esta apúntatela con boli: crea SIEMPRE tus conectores dentro de un repositorio, y guarda ese repositorio en GitHub, en privado.
Privado quiere decir que solo lo ves tú.
Nadie más entra.
Tu conector, con tu archivo de sentencias y tus mañas dentro, no lo ve ni Dios.
Y no lo hagas solo con este conector.
Hazlo con todos.
Con cada MCP que montes.
Con cada aplicación que te construyas.
Cógelo como costumbre, igual que guardas copia de una escritura importante: todo lo que fabriques, su copia en un repo privado de GitHub.
Es tu red de seguridad.
El día que la necesites, te acordarás de mí.
Resumiendo, para que no te pierdas:
¿Consultas rápidas de paso, desde un ordenador que no es el tuyo? El enlace (URL) te vale.
¿Trabajo de verdad, con tus documentos y guardando en tu disco? Clónalo desde GitHub e instálalo en local. Siempre.
¿Y en todos los casos? Una copia de todo en un repositorio privado de GitHub, por si el mundo se cae.
Cómodo de instalar no es lo mismo que cómodo de trabajar.
Que no te la cuelen.
Ni siquiera tú a ti mismo, como me pasó a mí.
Ahora ve y monta tu ayudante donde toca.
Y guárdate la copia, no seas como yo al principio.




