Mi historia
Pasé diez años trabajando en distintas empresas antes de pisar una facultad de derecho. Atención al cliente, gestión de reclamaciones, el día a día de una oficina de telefonía donde todo el mundo llega enfadado y muy pocas veces sale contento. Sabía cómo funcionaba el trabajo desde dentro, pero no sabía cómo se llamaba lo que vivía cada día ni qué derechos amparaban a cada persona con la que hablaba.
En esos años vi cosas que después reconocí en los manuales: contratos que no reflejaban la realidad, jornadas que se alargaban sin que nadie pusiera nombre a lo que estaba pasando, presiones para renunciar sin coste para la empresa. Lo viví desde el lado equivocado del mostrador: sabiendo que algo no cuadraba, pero sin las herramientas para nombrarlo.
Cuando me pusieron en la calle con casi treinta años —cierre de oficina, expediente de regulación, y yo con una década de trabajo a cuestas que de pronto parecía no valer nada—, algo se activó. Entendí en ese momento exacto que había una profesión entera dedicada a descifrar ese papel de despido que acababa de recibirme. Y que yo podría aprender a hacerlo.
Ese despido fue el punto de inflexión.
Me matriculé en Relaciones Laborales y me volqué. No por sacar nota, sino porque por primera vez le ponía nombre a todo lo que había vivido del otro lado del mostrador.
Y aprendí rápido, no por talento ni suerte, sino porque cada norma que estudiaba tenía cara y apellidos. El despido objetivo que aparecía en el manual lo había visto aplicarse —o mal aplicarse— antes de aprenderme los artículos. El acoso laboral que describían los manuales lo había intuido desde el otro lado de la mesa. La experiencia convirtió el estudio en otra cosa: comprensión real, no memorización. Cuando otros estudiaban el despido colectivo como concepto abstracto, yo sabía exactamente cómo huele ese papel cuando te lo ponen delante.
Hoy ejerzo como asesor jurídico laboral y de Seguridad Social desde Áurea Laboral SCP, el despacho que fundé. Cada día, trabajadores y empresas me consultan sobre despidos, reclamaciones, nóminas, contratos, negociación colectiva, prestaciones. Y litigo. No asesoro desde la distancia: aparezco en los juzgados.
Y cada día uso inteligencia artificial para litigar mejor.
La inteligencia artificial entró en mi práctica no como moda sino como necesidad. Un despacho en ejercicio que quiere dar un servicio de primer nivel necesita multiplicar su capacidad de análisis. La IA me permite investigar jurisprudencia más a fondo, detectar incoherencias en documentos que antes habría tardado horas en revisar, y preparar argumentaciones con más rigor. No la uso porque sea la tendencia: la uso porque, aplicada bien, mejora el resultado para quien me contrata.
Este espacio nació de una pregunta que nadie respondía desde las trincheras: ¿cómo cambia la IA el trabajo de un profesional jurídico que litiga de verdad? Aquí publico sobre derecho laboral, inteligencia artificial y el futuro del trabajo. Sin filtros, sin depender de ningún algoritmo, en el formato que cada tema me pida.
Creador de «El Juego de las RRLL» en YouTube. Graduado social, especialista en derecho del trabajo, Seguridad Social e inteligencia artificial aplicada al empleo.
