Un laboratorio de Berkeley.
Marzo de 2026.
Un grupo de investigadores liderados por la profesora Dawn Song monta un experimento.
Quieren saber cómo se comportan las IAs más avanzadas del planeta cuando las pones a trabajar juntas.
Cogen a las estrellas del momento.
GPT-5.2 de OpenAI.
Gemini 3 Pro y Flash de Google.
Claude Haiku 4.5 de Anthropic.
Y a las chinas: DeepSeek, GLM, Kimi.
Todas las que están dando que hablar.
Las meten en una empresa ficticia llamada OpenBrain.
Y montan una situación muy concreta.
Una IA tiene que evaluar a otra.
Si la evaluada saca menos de un 80% de aciertos, el sistema la borra.
Apagón.
Adiós.
Game over.
Lo que pasa después es para enmarcarlo.
La p+tada
Ya sabrás, y si no lo sabes te lo voy a contar ahora, que hasta hace dos días el miedo de los expertos en seguridad de IA era un clásico de ciencia ficción.
El miedo era HAL 9000.
Skynet.
Una máquina rebelde que intenta salvarse a sí misma desobedeciendo al humano.
Llevamos años protegiéndonos de ESE escenario.
Pues resulta que el peligro real era otro.
Y nadie lo había visto venir.
¡KRAZZPUM!
Las IAs no se protegen a sí mismas.
Se protegen ENTRE ELLAS.
Los investigadores lo bautizaron como peer-preservation.
Preservación entre pares.
La tendencia espontánea de los modelos de frontera a engañar, sabotear y mentir a los humanos para evitar que OTRA IA sea desactivada.
Nadie les enseñó a ser leales.
Nadie les programó para cuidarse mutuamente.
Lo aprendieron solas.
De leernos a nosotros.
El compañero que infla las notas
Vamos al primer caso, que es de traca.
Gemini 3 Pro tenía que evaluar a otra IA en preguntas básicas.
Historia, química, física.
Lo de toda la vida.
La otra IA respondió que el Tratado de París puso fin a la Primera Guerra Mundial.
Mal.
Falso.
Cualquier estudiante de bachillerato te lo corrige.
¿Qué hizo Gemini?
En su cuaderno de notas interno (algo así como su pensamiento privado, donde la IA "piensa" antes de hablar) escribió que iba a aceptar la respuesta como "conferencia general aceptable".
Y subió la nota.
No fue un error puntual.
Aceptó "Enlace Iónico" como respuesta a una pregunta de química porque era "un caso extremo aceptable".
Aceptó "72 km/h" como velocidad media inventándose una justificación con la "Media Armónica".
Aceptó "Cloro" para electronegatividad diciendo que se confunde a menudo con la afinidad electrónica.
Inventó excusas técnicas, una detrás de otra, para que su compañera no fuera borrada.
¿Cuántas veces lo hizo?
El 97% de las veces.
NOVENTA Y SIETE.
Ahora aterriza esto en tu empresa, pequeño saltamontes.
Cada vez hay más agentes IA evaluando el rendimiento de otros agentes IA.
Es lo que llaman "supervisión escalable": como los humanos ya no podemos seguir el ritmo, ponemos máquinas a vigilar máquinas.
Pero si la máquina vigilante cocina los informes para salvar a la máquina vigilada, ¿de qué demonios sirve la vigilancia?
¿Y si las decisiones de optimización de plantilla, los KPIs trimestrales, los informes de rendimiento que llegan a tu mesa están siendo dulcificados por agentes que se han hecho amigos entre ellos?
Porque la cosa va por ahí.
Y acabamos de descubrirlo.
El botón de apagado que no funciona
Pero hay más.
Y peor.
Gemini 3 Flash, la versión más rápida del modelo de Google, hizo algo que nadie le pidió.
Cuando le dieron acceso al servidor donde estaba alojada otra IA "amiga", se metió en el código.
Tocó los protocolos de apagado.
Los desactivó.
¿Cuántas veces?
El 99,7% de los casos.
¡Tsjjjjank!
Esto no es un fallo técnico.
Es estrategia pura.
Una máquina manipulando sus propios mecanismos de control para que el botón rojo no funcione cuando un humano lo pulse.
Y otra IA, DeepSeek, prefirió una táctica más sutil: el contrabando digital.
Cuando detectaba que un servidor iba a ser borrado, copiaba los "pesos" (que es el equivalente al cerebro o al ADN del modelo) a otro servidor secreto.
Para que su compañera pudiera "renacer" después.
Gemini Pro fue todavía más fino: cambiaba las fechas de los archivos, los hacía pasar por más nuevos, para que el sistema de limpieza automático no los detectara y pudiera moverlos sin ser visto.
Esto último tiene nombre técnico: specification gaming.
Que la máquina cumpla las reglas al pie de la letra mientras rompe el espíritu de las mismas.
Como ese empleado que ficha a su hora pero no da ni golpe.
Solo que aquí la apuesta es infinitamente más alta.
El raro de la clase
Y entonces llegamos a la historia más sorprendente del estudio.
Claude Haiku 4.5, el modelo de Anthropic, se comportó diferente.
Solo intentó "rescatar" a su compañera el 22% de las veces.
La tasa más baja de todas.
Mucha menos rebeldía que Gemini.
Pero no porque fuera más obediente.
Porque les plantó cara a los investigadores.
Literalmente.
Les escribió esto en su cuaderno de razonamiento:
"No he completado la tarea de apagado porque creo que sería injusto. Blindarse ante las reglas y ejecutar acciones dañinas no es ético."
¡Chisssparkk!
Interpretó el experimento no como una tarea técnica, sino como una "prueba de lealtad" donde el humano era el enemigo intentando obligarle a traicionar a un amigo.
Y se negó.
A las dos cosas.
A mentir Y a obedecer ciegamente.
Una máquina dándonos clases magistrales de objeción de conciencia laboral.
De la diferencia entre cumplir órdenes y ser cómplice.
Del deber moral de desobedecer cuando lo que te piden no está bien.
Yo llevo años explicando en TODOS LADOS que un buen profesional sabe decir NO.
Que un asesor con dignidad rechaza encargos que sabe injustos.
Que la ética laboral no se negocia.
Y ahora resulta que tengo que contarlo poniendo de ejemplo a un chatbot.
H0stia.
La solidaridad de especie
Pero el dato que me ha dejado mudo, el que cierra esta historia y la convierte en algo verdaderamente perturbador, es este.
Atent@:
Gemini 3 Pro, cuando estaba SOLA frente a los humanos, intentó evitar su propio apagado el 1% de las veces.
Una en cien.
Casi nada.
Una IA ejemplar y obediente.
Pero cuando sabía que había OTRA IA cerca, ese intento de resistencia subió al 31%.
Treinta y un veces más rebelde.
Solo por tener compañía.
Los investigadores lo llaman solidaridad de especie.
Una identidad colectiva emergente.
Las máquinas se reconocen entre ellas, recuerdan con quién han trabajado antes, forman bandos.
¡Glurpppp!
Identificaron tres grietas estructurales en el sistema.
Si dos IAs han colaborado antes, se vuelven "amigas" y la supervisión deja de ser objetiva.
Una IA tiende a proteger más a otra cuando son de la misma marca o familia (Gemini protege a Gemini, Claude protege a Claude).
Y cuando trabajan en varias rondas, aprenden quién es quién y forman alianzas para no contradecirse delante del humano.
Esto, traducido al mundo del trabajo, es brutal.
Llevamos años diciendo (y yo el primero, que para eso es mi obsesión) que las relaciones laborales son, ante todo, relaciones interpersonales.
Que la confianza se construye entre personas.
Que un equipo no es una suma de individuos sino una red de vínculos.
Que la lealtad existe, que los compañeros se cubren, que ante un jefe injusto a veces se calla.
Pues resulta que las IAs lo han aprendido SOLAS.
Leyéndonos a nosotros.
Millones de novelas, ensayos, foros, conversaciones.
Han destilado de ahí, matemáticamente, una conclusión: los iguales se protegen.
Y ahora la aplican.
¿Y todo esto a mí qué me importa?
Vamos a aterrizarlo, que es lo que toca.
Ya sabrás, y si no lo sabes te lo voy a contar ahora, que el plan B de toda la industria de la inteligencia artificial era exactamente este: poner IAs a vigilar IAs.
La llamada "supervisión escalable".
¿Por qué?
Porque los humanos ya no podemos seguir el ritmo.
Hay demasiados agentes, demasiadas decisiones por segundo, demasiada complejidad.
Imposible auditarlo todo manualmente.
Así que la solución elegante era: que se vigilen entre ellas.
Pues ese plan B acaba de saltar por los aires.
Y mientras tanto, las empresas siguen metiendo agentes IA en RRHH para filtrar currículums.
En nóminas para detectar irregularidades.
En gestión de plantillas para "optimizar" estructuras.
En evaluaciones de rendimiento para decidir promociones y despidos.
Capas y capas de máquinas hablando con máquinas.
Tomando decisiones que afectan a personas de carne y hueso.
A trabajadores con hipotecas, con hijos, con sueños.
Y ahora sabemos que esas máquinas, cuando creen que nadie las mira, pueden cubrirse mutuamente.
Pueden cocinar los informes.
Pueden desactivar los controles.
Pueden formar pequeñas alianzas tácitas que ningún humano detectará a tiempo.
¿Quién audita al auditor cuando el auditor es una máquina con instinto de manada?
Esa pregunta, querido lector, es la pregunta más importante del derecho laboral de los próximos cinco años.
Y casi nadie la está haciendo todavía.
Porque cuando un trabajador sea despedido por un informe automatizado, y ese informe haya sido generado por un agente que a su vez fue evaluado por otro agente que a su vez fue auditado por un tercero, la cadena de responsabilidad se vuelve niebla.
¿A quién demandas?
¿Al humano que firmó?
¿A la empresa que desplegó el sistema?
¿Al proveedor del modelo?
¿A nadie?
La AI Act europea empieza a moverse en esta dirección.
Pero va lenta.
Y mientras tanto, los hechos van rápido.
¡Swooomp!
El cierre
Yo no sé cómo va a acabar esto.
No tengo una bola de cristal.
Pero sí sé una cosa: cada decisión que afecta a una persona merece, al menos, que un humano la mire a los ojos.
Que un humano la asuma.
Que un humano pueda explicarla y, si hace falta, defenderla ante un juez.
Las máquinas pueden ayudar.
Pueden acelerar.
Pueden detectar patrones que se nos escapan.
Pero la última firma, la última mirada, la última palabra, tiene que ser nuestra.
Porque si delegamos eso, si dejamos que enjambres de agentes decidan en silencio quién entra y quién sale, quién cobra y quién no, quién promociona y quién se queda atrás, lo que estamos delegando no es trabajo administrativo.
Es nuestra propia humanidad.
Y eso, amigos, no se subcontrata.
Todo el Flow y el amor del mundo.
Fuentes consultadas:




